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viernes, 13 de marzo de 2015

Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014)


*Esto no es una crítica, sino el razonamiento de la imposibilidad de una crítica como se merece hacia un cine que la esquiva. El caso: Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014)

Cuando afronte, aunque suena a caballo de batalla, cosa que no es, mi primera crítica  sobre el cine de Paul Thomas Anderson en un medio de comunicación, en Mone monkey (web hoy cesada, no se puede acceder al enlace) y no como simple blogger, no sabía que decir exactamente de ella. La película era hermética tras un primer visionado, confusa y extraña. Pero con un poder de atracción irresistible, tenía un alma que palpitaba en cada plano, por muy opaco para el sentido y la orientación que éste pudiera ser. La película era The Master (2012). En aquella crítica tuve que refugiarme en Foucault utilizando citas  que me intentasen llevar a la compresión, tales como: “La enfermedad sería marginal por naturaleza, y relativa a una cultura en la sola medida en que es una conducta que no se integra a ella”, y sentenciaba con frases como “[…]le da al espectador la posibilidad de pensar, de estar activo, de cuestionarse lo que ve y lo que entiende”.

Recuerdo. O más que recuerdo, sé que no he escrito comentarios de películas en ninguna web o algún blog, a excepción del que escribí sobre Pozos de ambición (There will be blood, 2007) en Labutaca.com. Un comentario banal y a día de hoy desafortunado, movido más por la sensación que por la razón y que demuestra lo verde que uno está cuando empieza a “analizar” esto del cine. En ella decía cosas como: “una de las cinco mejores películas que he visto en mi vida”. Además, le daba el Oscar a mejor película, la comparaba con Toro Salvaje (1980) de Scorsese y soltaba ditirambos al estilo de: “Un solido guión y montaje, la película se hace corta, quieres más, no importa, que dure cinco horas si hace falta, no te quieres despedir, quieres acompañar a Daniel hasta su muerte”. El único comentario negativo fue para la (ahora) maravillosa banda sonora, que decía que no me encajaba, y en eso estaba el interés de la misma. En fin… todavía me pitan los oídos cuando la leo y cuando leo críticas de corte similar…

…entrando en Inherent Vice…

si bien mi fascinación por el cine de Paul Thomas Anderson se mantiene inmaculada, un primer acercamiento a sus nuevas películas es ahora más precavido y consciente de la dificultad de la empresa. Personalmente, no creo que se pueda escribir un breve comentario crítico-analítico sobre sus últimas películas y que tenga el suficiente poso para hacer huella en ellas. Pero si que se puede hacer un esbozo pragmático como ha hecho Jordi Costa en Fotogramas. De las regurgitaciones de Boyero y del entusiasmo ciego (y por mi inesperado) de José Arce en La Butaca, o del acercamiento de Fernando Bernal en Vice, que se queda a medio camino (y que recoge algunas ideas que yo ya esbocé en mi frustrado, por ahora, libro sobre Pozos de ambición, que quizás algún día verá la luz, pero que después de dos películas necesita una completa reescritura) poco puede el futuro espectador rascar. Después están las “críticas” de compañeros bloggers que esnifan el halo de humo de la cinefilia “frágil”, cuya máxima referencia para este nuevo film de P.T. Anderson es El Gran Lebowski (Joel Coen, 1998), con la que sólo se le puede relacionar por la cercanía (no tan cercana) en el tiempo de producción, cierta confusión narrativa en la de los Coen, que alcanza la inverosimilitud (en un buen sentido) en la de Anderson (pero cuya herencia no es la película sobre Lebowski sino El sueño eterno (1946) de Howard Hawks), y, principalmente, en que el personaje es un fumeta atrapado en el tiempo. Pero no en el sentido profundo del discurso. Especialmente mal me ha sentado esta verborrea sin criterio alguno, y que, por desgracia son las que llenan las bocas de muchos aspirantes a “críticos”, o críticos boyeros.

¿Qué puedo decir de Inherent Vice? (Aparte de que me niego a llamarla como la mala (por cuestión de cambio de sentido) traducción al español). Pues que la he visto una vez en el ordenador. A Corea del sur todavía no ha llegado, y no parece estar en la lista de próximos estrenos. Así que para sacar una valoración consecuente quería esperar a tener, al menos, el DVD. Lo único que puedo atreverme a advertir es la dificultad de formarme un criterio acerca del film después de un único visionado. La película es muy espesa, como el cine reciente de su realizador, y su(s) final(es) llenos de una melancólica derrota y desilusión no dejan un aliento de goce para el espectador. Dejan un pesar, una carencia, el robo de algo muy profundo. Algunos, los escépticos, lo llamarán un robo de tiempo. Los interesados, una elegía que se torna personal y que todavía les ayuda a creer en el cine.

Desde que P.T. Anderson se han constituido como cineasta personal (o autor, si queremos llamarlo así), desde Punch-Drunk Love (2002), dónde toda huella de Scorsese o Altman pasan a ser una nota a pie de página y no la guía de estilo constituyente, ha ido configurando un estilo donde la búsqueda de lo sencillo (que no lo simple) en la narración, y el discurso bajo capas (que no inexistente), es decir, lo no dicho (al menos por las palabras; o precisamente lo que las palabras dichas ocultan) son las preocupaciones mayores para narrar esa “gran crónica de la Historia norteamericana” y que le constituyen como “cronista contemporáneo” de la misma, como ahora se está diciendo en tantas partes. Recientemente he estado releyendo y revisionando el cine de Theo Angelopoulos, y  considero que son dos cineastas que en estos momentos no se encuentran tan distantes. Pero dejaremos esto en el aire.

Así, de primeras, en Inherent Vice nos encontramos con un universo superficial y contenido al mismo tiempo. Tan complejo para la lógica como lúcido para con las sensaciones. Tan denso y plúmbeo como frágil y resbaladizo. En fin, contradicciones, muchas, las que hacen de la película un objeto no fácilmente prensil en las manos de un crítico. Sinceramente, aunque sólo después de un primer visionado (algunos no querrán darle una segunda oportunidad, cuando hay películas como esta que lo demandan, con todo lo positivo y negativo que ello implica), me parece que es la película más interesante en la filmografía de su realizador y del cine negro reciente (tanto como relectura del género desde su pureza, como por su estilo único y pretensión de querer ser un “clásico moderno” como se le tildará, pues es lo que busca). Este comentario me recuerda un tanto a aquellos que escribí sobre Pozos de ambición, por lo que hasta aquí me quedo.


Entrando en el comentario fácil y breve (que el film no se merece) pero que busca orientar al futuro espectador (cosa que no pretenden los comentario crítico-analíticos de este blog, y por esto hemos encabezado esto advirtiendo de no ser una crítica, y le estamos dando este estilo de escritura), y que como ejemplo de lo que consideramos no se debe hacer… ¿qué podemos decir?¿Qué podemos recomendar?¿Se lo van a pasar bien viendo Inherent Vice?¿La van a disfrutar? Lo dudo. Dependerá del tipo de espectador, pero la película no se presta a ello. ¿Se te van a hacer largas las dos horas y media que dura? Probablemente. ¿Habrás vivido una experiencia cuasi mística, o al menos que te haya hecho conocerte un poco mejor a ti mismo después de ver la película? Casi se puede asegurar, para bien o para mal. De hecho, ahora me viene a la cabeza que el último disco de Triangulo de Amor Bizarro, Victoria mística, contiene una canción que se llama Robo tu tiempo. Con ella se abre el álbum. No hace falta unir la comparativa, se entiende ¿no?

Hablando de triángulos. Muchos hablan de esta película como el cierre a una trilogía, cosa que no comparto. En primer lugar, porque en ningún momento he oído hablar al realizador de tal manera. En segundo, porque cada película es una línea evolutiva que supongo seguirá trabajando. Además, ya se ha dicho, muchos hablan de él como “cronista de la Historia norteamericana” porque sus películas recorren todo el siglo XX de dicha Historia. En todas ellas encontramos personajes similares y el contexto histórico se hace patente, sea en el estilo formal o en el discurso. ¿Hay relación entre las dos anteriores y esta? Si, evidentemente y de manera inequívoca. Pero también hay mucho de la esencia de Punch-drunk Love. Y su protagonista puede ser el más cercano al Sportello de Inherent Vice, que a Plainview en Pozos de ambición o los protagonistas de The Master. No quisiera acotar este film a una suma de tres, cuando, si acaso, merece mención aparte, pues como Punch-drunk Love supuso un punto y seguido, esta da a entender algo similar, pero con evidente desarrollo progresivo.

Sportello, Doc Sportello. Un personaje maravillosamente complejo, al igual que simple. Esa contradicción que es en si misma la(s) película(s) de Anderson, y por lo que molesta al público general. Un personaje creado por Thomas Pynchon, pero que perfectamente forma parte del universo del cineasta de California. Por momentos tuve la sensación de estar buscando al realizador, “se ha perdido”, me decía a mí mismo, en una adaptación tan fiel al espíritu del libro que se ha borrado por completo (cosa que, como se ha dicho, P.T. Anderon va buscando película a película). Pero no es el hecho de borrarse, sino más bien de la fusión de dos obras que hilvanan perfectamente y que se han encontrado en el momento adecuado: en el de la deconstrucción narrativa con la que está forcejeando P.T. Anderson (y que siempre ha formado parte de la obra de Pynchon, de hecho ésta es su novela más lineal, junto con la última, Al límite), con el de la lucidez discursiva y de contenido necesitada de dichas quiebras (que si bien en Pynchon llevan a la sobreinformación, caos y confusión por acumulación, en Anderson se posicionan en viceversa), al mismo tiempo que la apuesta por un formalismo más transparente donde la mano del meganarrador se busca (falsamente) invisible.


Y bien se podría seguir escribiendo, pero lo dejaremos todo para un futuro análisis. Las divagaciones primarias han llegado a su fin. Y si mientras, alguien quiere empezar a tomar contacto con este cine tan atractivo como disipador, puede leer el libro de José Francisco Montero sobre P.T. Anderson editado por Akal.


Para hacerse una idea de lo que se puede esperar de esta película e ir a verla (cosa que va dirigida al lector tipo de este blog), recomendamos el texto de Jordi Costa linkeado más arriba y que viene a decir lo que otros dicen pero con más criterio y/o salero.  Para repetir lo mismo que él y sumarle lo que otros han dicho, tanto bueno como malo ya están los otros enlaces linkeados, pues, al fin y al cabo es todo lo que se puede rascar (todos tienen su razón) en un primer contacto con esta película tan rica como parca, tan interesante como letárgica, tan… bueno, mejor dejarlo aquí que llega la repetición, y con la repetición la confusión, y la duda, y…


Texto adicional: 
The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) Publicado en Mone Monkey, revista digital participativa.

El mar de la intranquilidad. The Master (Paul Thomas Anderson)

Un mar revuelto por el oleaje que un navío provoca a su paso, salpicado por la inquietante y desgarradora música de Jonny Greenwood. Así da comienzo The Master, la última película de Paul Thomas Anderson.  Esta imagen se producirá en dos ocasiones más, cuando su protagonista, Freddie Quell, tenga sendos viajes (iniciáticos) en su vida: su inclusión como miembro de La Causa, una nueva religión creada por el  Lancaster Dodd, “escritor, doctor, físico nuclear, filosofo, pero, por encima de todo, un hombre”; y cuando decide alejarse de esta. El mar como metáfora del turbio y cambiante estado mental que sufre Freddie causado por los traumas de la Segunda Guerra Mundial, el alcohol y su obsesión sexual; la turbiedad de las aguas como el avance hacia una causa personal y egocentrista, que esconde la falta de rumbo o dirección en el discurso de Lancaster Dodd. Freddie podría ser un claro objeto de estudio freudiano o un referente de las predicaciones de Foucault, quien en su libro Enfermedad mental y personalidad (1961) nos habla de dos condicionantes: las dimensiones psicológicas de la enfermedad (que surgen del mismo individuo:  evolución, historia individual y existencia) y las condiciones de la enfermedad (que se basan en el individuo y su entorno). Como dice Foucault: “La enfermedad sería marginal por naturaleza, y relativa a una cultura en la sola medida en que es una conducta que no se integra a ella”. Como Lancaster Dodd le confiesa a Freddie cuando ambos son encerrados en prisión y su discípulo destroza la habitación en un ataque de ira condicionado por el miedo al aprisionamiento: “Yo soy la única persona a la que le caes bien. La única”. Queriendo decir con ello, que es el único que le acepta con su desequilibrio mental, el único que quiere ayudarle. Todo entronca también con la exclusión de la sociedad y reclusión en un centro de aislamiento que los enfermos mentales padecen en culturas avanzadas que quieren ocultar al ser imperfecto: el enfermo al hospital, el loco al asilo, el asocial a la prisión… todos con cabida en la guerra, que no hará más que agravar su enfermedad. Todas estas cuestiones están tratadas en The Master con una maestría tal, válgase la redundancia, en la que todo  sobrevuela el ambiente, mediante una narración de un aparente clasicismo en su puesta en escena pero que en su estructura resulta ser tanto o más innovadora que la propuesta ejercida por Terrence Malick en El árbol de la vida (2011). Una trama sencilla guía el relato y crea una lógica interna de la evolución dramática del film para que el espectador no se pierda: Freddie Quell, sin rumbo en la vida conoce a Lancaster Dodd y le acompaña en el surgimiento y auge de su nueva religión. Teniendo esta base, Anderson llena la película con secuencias que no siguen una lógica causal, es decir, una secuencia no sigue a la otra por lo sucedido en la anterior, sino que son como momentos de vida en la evolución de La Causa y la relación de ambos personajes. Algo ya practicado por el cineasta en la primera parte de su anterior largometraje, Pozos de ambición (2007), ahora más trabajado y depurado si cabe.


Bajo esta serie de secuencias, unidas con solvencia y cohesionadas por esa trama base que hace que el espectador no se sienta perdido ni necesite de una voz over que lo hile todo, se encuentra un magma que nos habla de temas tan trascendentales, arquetipos, como la construcción del yo, la yuxtaposición de contrarios que necesitan un equilibrio para no destruirse, la marginalidad, los frenos al progreso o el temor que de este tienen las mentes más conservadores o escépticas, etc. temáticas universales que Anderson plasma en el devenir de la construcción de la sociedad norteamericana y que lo convierte en uno de sus cronistas más importantes (los orígenes del capitalismo en Pozos de ambición, el paso de la ilusión al desencanto entre los setenta y ochenta en Boogie Nights (1997), el auge de la mediatización, la explotación televisiva y el temor al rechazo en durante la década de los noventa en Magnolia (1999), los traumas y miedos de una nación que se intenta hacer camino en la década de los cincuenta en The Master). Pero, más interesante es como sus películas logran ser paradigmas de su tiempo, aunque estén ambientadas en otra época, y en The Master resuenan los ecos de esta sociedad en crisis, creando una doble lectura entre lo que vemos (el soldado que regresa traumatizado de una guerra, el maestro al que todos acuden para buscar una mejora en su pesarosa vida, éste que se piensa salvador pero que no es más que un buen orador sin soluciones para afrontar problemas reales y que todo lo ancla al pasado mientras gesta un discurso para el futuro) y lo que pensamos (la crisis, el regreso de las tropas de Irak, la cienciología y la religión en general, la necesidad de creer en algo, la marginación del diferente, la alienación). Todo, y esto es lo que engrandece a The Master y a Anderson, construido de forma subyacente, bajo una poética desgarradora que nos habla de multitud de temas y reflexiona ante problemáticas de completa actualidad mostrando al mismo tiempo un auge y remitiendo a su consecuencia, con una capacidad hermenéutica que pocos realizadores de hoy día logran conseguir, o se arriesgan a intentar. Y es que la maestría es para quien decide dar un paso más allá y distanciarse de cánones y estructuras preestablecidas que más que unas pautas a seguir se han convertido en una ley que impera en cualquier producción hollywoodiense de hoy en día. Por ello es necesario un cineasta como Anderson, que le da al espectador la posibilidad de pensar, de estar activo, de cuestionarse lo que ve y lo que entiende, al mismo tiempo, y esto es lo complicado, de atrapar con una historia atractiva y bien llevada a cabo, llena de imágenes imborrables, secuencias magníficamente construidas, diálogos a los que no le sobra una palabra interpretados con una engañosa sencillez y sobriedad por Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman y Amy Adams. Sin lugar a dudas, una de las películas más complejas, intensas y arriesgadas que veremos este año que acaba de comenzar.


domingo, 8 de marzo de 2015

Maps to the Stars (David Cronenberg, 2014)


David Cronenberg es, sin lugar a dudas uno de los cineastas que mayor repercusión está teniendo en este comienzo de siglo. Especialmente desde ese giro que supuso Una historia de violencia (2005). Una vuelta de tuerca no tan radical como algunos quieren hacer ver, y que ya se palpaba en Spider (2002). Con la dupla protagonizada por Viggo Mortensen, siendo Promesas del este (2007) la que mejor aúna todos los elementos que Cronenberg quiere traer a escena, la crítica se dividió entre aquellos que vieron la maduración de un gran cineasta, y los que pensaron que se había recogido en el clasicismo y había dejado a un lado aquello de “la nueva carne” para tirar de “en el principio era el Verbo”. Pero (casi) todos coincidían en la calidad de ambas propuestas.

La siguiente pareja, que incidió en esto del Verbo, fueron Un método peligroso (2011) y Cosmópolis (2012), perfectas armas de doble filo, películas más arriesgadas, menos encorsetadas que las anteriores, es decir más irregulares pero mucho más interesantes, pero perfectas para atacar al cineasta y pedirle que vuelva a la senda que un día decidió convertir en un caminito del deseo por el que sus películas, todavía ahora, caminan al tomar ciertos atajos que nos acerquen a los debidos clímax.

Así pues, muchos han recibido con cierta sorpresa y goce Maps to the Stars (2014), donde esa turbiedad palpable acompaña en mayor medida que sus anteriores films a la turbiedad verbal, que sigue estando presente, con más acidez si cabe. Será porque las voces que criticaron la adaptación de DeLillo ahora han hablado demasiado alto, pero en general se está de acuerdo en que se ha recuperado a un Cronenberg más desagradable, desmesurado, hipnótico, irónico y que te retuerce las tripas al terminar el film… es decir, a un Cronenberg mejor. Si bien es cierto que estos adjetivos son afortunados, desde nuestro punto de vista el último film de Cronenberg no es una gran película, y mucho menos destaca dentro de su filmografía. Es, como se suele decir, “un juguete roto”. Algo con lo que el realizador quiere jugar, hacer algo divertido y demoledor, pero ciertas ataduras y deslices le pasan factura por no haberse decidido a centrarse en aquello que más le interesaba.

Respecto a la supuesta radiografía de Hollywood, en este año pájaro tan “dentro del Sistema”. Cronenberg ha dejado claro en varias entrevistas que Hollywood le interesa bien poco y que no quiere hacer una película de estudio allí. De hecho, Maps to the Stars tardó casi una década en realizarse. Lo que al cineasta le interesa es la turbiedad de una familia disfuncional como la que retrata, que por insistencia del guionista resulta formar parte de la jet set cinematográfica. Esto provoca que la radiografía de dicha familia sea fría y hasta cierto punto artificial, provocando un distanciamiento que nos permite observar la muerte a lo bonzo de la madre sin parpadear. Poco o nada nos importa lo que sufra esa familia, y eso en una época donde la banalización de la muerte ha sobrepasado los límites, dice mucho de los valores del film. Otro punto, más interesante sobre el que encajarla es el de el coste del éxito y los fantasmas del pasado, y ahí el film ya tiene más interés, pero la realización no es del todo acertada y resulta bastante previsible.

Surgen ciertas críticas, puyas, y algún que otro reconocimiento a nombres y derivas de la Industria, pero estas son debido al contexto y no son transcendentes, por lo que hablar de radiografía de Hollywood no nos parece pertinente. Por experiencia personal, no sé cómo funciona ése lugar más allá del imaginario colectivo, por lo que tampoco puedo poner en mi boca dichas palabras, pero si nos centramos a la “radiografía” de la representación hollywoodiense, y por consiguiente del funcionamiento de la Industria, diría que el film más significativo al respecto en los últimos años ha sido Stoker (Park Chan-wook, 2013), también protagonizado por Mia Wasikowska.

Y en la joven actriz han caído las críticas más ácidas. No sé si será por cuestión personal, o porque he visto otra película, pero es justamente la interpretación de Wasikowska la que me ha parecido más interesante y relevante. Especialmente el momento más destacado, o que por un instante me hizo sentir que la película tenía vida más allá de su manierismo es a la hora y media, después de que Aghata (Wasikowska) vea a su novio Jerome (Robert Pattinson) haciendo el amor con Havana (Julianne Moore) en el coche. Cuando Havana entra le dirige la palabra de mala manera a Aghata, su mirada produce un tic casi imperceptible pero que te hace sentir que le ha pasado algo, es ese invisible interior que sólo el cine puede capturar y no que se logra en cualquier película. Sólo por ese cambio de mirada (interior, insistimos) de Wasikowska la película nos parece que tiene su merito, pues para llegar a él ha habido un trabajo sobre la caída del (o en el) trauma tan en picado, casi como en un film sobre Cassavetes (sin llegar, por supuesto, a esa exaltación del sentimiento del film que vibra en sus imágenes), que cuando esa pupila se dilata todo explota. Y pese a que el final, tan shakesperiano como  grotescamente sardónico, nos resulta un tanto fallido en la intención de irrealidad que busca, tiene una salida en los ojos de verdad de Agatha-Wasikowska. ¿Pura contradicción?


No hablaremos de la interpretación de Moore, pues ha quedado claro que éste ha sido (uno más) su año, y que es una magnífica actriz. Todos hablan de ella en esta película y por ella se llevó el premio de interpretación en Cannes. Pero su personaje podría ser prescindible. Esos minutos podrían estar dedicados a hacer llaga en la herida familiar, que casi hay que intuir siguiendo la historia del repelente hijo, Benjie (Evan Bird), que aúna los peores tópicos de interpretación sobre la interpretación (y más de un niño) como momentos de brillantez con líneas de diálogo que saliendo de su boca de púber hacen arder el estomago. Como el primer diálogo con sus amigos famosos, un chico al que más adelante le matará a su perro por ir drogado (otra escena previsible y que vuelve a dejarnos impasibles sobre la pantalla), y un par de chicas (que ponen más voto que voz).


Porque al fin y al cabo, y volvemos al principio, quizás lo primero en Cronenberg no fue el Verbo, pero ahora ha tomado la palabra y sabe que si quiere encontrar esa huella de Persona que tanto palpita en sus últimas películas, es mucho más interesante la palabra que el gesto, porque el terror se genera en nuestro imaginario. Cosa que, entre otras cosas, ponía de manifiesto en la que para nosotros es una de sus mejores películas, y nos atreveríamos a decir que la más lograda (o interesante) en lo que va de excéntrico siglo, Un método peligroso (2011), expresión que también sirve para definir las mezclas tan llamativas que está probando el realizador canadiense.

domingo, 15 de febrero de 2015

Mr. Turner (Mike Leigh, 2014)


Dentro de la socorrida temática del retrato biográfico que el cine se empeña en abordar año tras año de cara a la galería de premios[1], y que no suele tener grandes resultados de valor cinematográfico, especialmente cuando se decide abordar a una figura del mundo del arte, el film de Mike Leigh se ilumina como una de las pinturas de aquel a quien retrata: J.M.W. Turner, uno de los pintores más influyentes y respetados, a día de hoy, de la historia. Acercarse a esta figura de la manera que hace el film no era fácil, pues no es nada complaciente con el pintor, pero si sincera y capaz de recoger lo más importante de toda película que quiera ser más que una simple biografía: la esencia de aquel a quien retrata. ¿Y cómo lo logra? Alejándose del Mr. Turner pintor para acercarnos al Mr. Turner humano: un hombre educado pero sin miramientos, severo pero comprensible, desagradable pero atrayente. Un hombre lleno de dudas, pero con las ideas muy claras. En fin, una oscura contradicción en si misma, un ser lleno de deseo contenido que deja escapar cada vez que escupe en el lienzo para pintar una llama, o golpea con el pincel para crear un sol cegador.

La película de Leigh esta más cercana de un film reciente de Terrence Malick que del “experimento” Boyhood de Richar Linklater, por poner dos ejemplos fáciles de codificar. Y esos “momentos de una vida”, como se subtituló en España la cinta del texano, que están construidos de una forma que (maliciosamente) crean una narración prolongada a lo largo de doce años reales, y por lo tanto, falsos, cobran un realismo pragmático en los retazos sentimentales de Mr. Turner. A la media hora del film nos podemos estar preguntando que historia nos quiere contar Leigh, que ha ido retratando con un gran sentido de las puls(ac)iones el ser del hombre al que la cámara escruta sin enfatizar, con una sencilla mirada bañada por la luz y editada “a la inglesa”, podríamos decir. De primeras, sorprende que donde muchos otros films han fallado, Mr. Turner se atreve a ofrecer la cara oculta del artista. Una vez hemos llegado a sentir al personaje nos preguntamos que más queda, hacía adónde irá el film y que nos quiere contar. Y si no se entra en la propuesta de Leigh, lejana a estas clásicas preguntas, el film puede hacerse tedioso y aburrido. Si bien es cierto, que la duración es un tanto excesiva y en ocasiones la película se vuelve reiterante, cada escena va sumando capas a la historia de un hombre con un talento y una vida hecha, cuya única preocupación era captar una buena luz y sentirse acompañado. ¿Y esto no es, al fin y al cabo, lo que buscamos todos?

Se ha hablado, y se ha reconocido (ahí está el premio en Cannes y en la Academia de Cine Europeo) la labor de Timothy Spall dando vida a Mr. Turner. Y si logra una actuación conmovedora es por la misma razón por la que triunfa el film, porque permite ver más allá de la figura del artista. Vemos a un hombre lleno de complejos, cuya máxima expresión es el gruñido de un cerdo y la mirada de una rata, celosa, desconfiada, al mismo tiempo que consciente de su inigualable valor, de su calidad y su posición en la historia (del arte). El personaje de Spall es tan alambicado, y llevado a buen puerto por el actor, que los demás quedan resentidos. Además del trabajo del guión, que da todo el peso a Mr. Turner.. Así pues, en él hay uno de los retratos psicológicos más pulidos de la historia del cine británico, per el resto son algunos más de los habituales chascarrillos ingleses.

En cuanto a la puesta en escena, el film sigue siendo muy inglés en ese sentido: recto, firme… no arriesga, se muestra solido sabiendo que lo importante es sacar lo que Mr. Turner lleva dentro, y para ello no hay nada tan efectivo como un lenguaje sencillo, que deje hablar a lo que sucede dentro del cuadro. No hay un énfasis por mostrar la labor creadora del pintor, ni sus procesos de investigación. Todo queda en manos de la esencia y las sensaciones de ver una silueta junto a un amanecer o un atardecer. Esa luz tan maravillosa que hace que seamos capaces de sentir lo que el pintor anotaba en sus cuadernillos. La música puntualiza debidamente aquellos momentos en los que se le requiere, de manera sutil y cuidada. Y el montaje no deja puntada sin hilo. En fin, una obra hecha con detalle, dedicación y devoción, que crea una bella estampa de un ser humano dedicado en cuerpo y alma a la pintura y a la luz, porque estaba lleno de sombras.




[1] Este año, nada menos, salen a relucir Stephen Hawkins en La teoría del todo, Martin Luther King Jr. en Selma, Alan Turing en Descifrando Enigma y Jason Hall, de la mano de Clint Eastwood, en American Sniper